PUERTAS A LA ATLÁNTIDA

Recordaba con nitidez aquel momento, ya que solía volverle a la mente una y otra vez. Las demás muertes rara vez volvían a atormentarle, por lo que en su corazón y en su memoria aquella había sido en realidad la única.

Después de una vida más larga de lo esperado, entrenando y aprendiendo todas las formas posibles de dar muerte, conviviendo con los asesinos más refinados y los más despiadados, con auténticas bestias y extraordinarios estrategas, su última batalla podía haberse calificado de épica.

Recordaba la luz del atardecer colándose entre las enormes columnas del ya ruinoso templo. Recordaba la suave brisa que traía un fuerte aroma de aquella costa casi virgen, poblada de criaturas insólitas, llevándose hacia las cimas el humo y los sonidos metálicos del fondo del patio. Recordaba el tacto del mármol y la piedra y el color azulado que adquirían en las sombras… era extraño poder rememorar con tanto detalle aquel instante y apenas guardar recuerdos de tantos otros.

Su adversario, el más bravo de los conquistadores del norte, olvidado ahora por la Historia, culminó la larga escalinata sin apenas inmutarse y sonrió al encontrarse de nuevo con aquel al que consideraba un enemigo digno. Sería aquel su tercer combate y ambos estaban decididos a convertirlo en el último.

Hakkon había arribado a la isla hacía apenas media docena de lunas, pero en aquel tiempo sus hombres habían causado estragos y el Consejo de sabios había puesto en marcha todos los mecanismos posibles de defensa, entre ellos reclamar viejas deudas de sangre, como la que le unía a él a la causa de los isleños.

El mismo día que había pisado tierra, en compañía del sumo sacerdote y la estratega mayor, Hakkon había caído sobre ellos como una tempestad. Entonces, aún estando en funesta minoría, le había dejado claro que se enfrentaba a algo más preparado que los eruditos y monjes de la colonia del mar, y tras poner a salvo a los miembros del Consejo, habían tenido un enfrentamiento de lo más interesante.

Su segundo encuentro había tenido lugar en el campamento de los invasores. Había herido de muerte al enorme nórdico, pero el hombre había seguido luchando, hasta que sus hombres intervinieron y obligaron a los guardianes de la isla a retirarse. El tipo había sobrevivido al final.

Y tras las últimas escaramuzas y una flamante batalla a las puertas de la ciudadela, Hakkon había logrado ascender hasta la colina donde el Consejo se reunía y custodiaba la entrada a ese tesoro que el nórdico anhelaba con tanto fervor.

Sólo él se interponía en el camino del bárbaro. Muchos metros bajo ellos, la encarnizada batalla por la conquista de la ciudadela y sus tesoros seguía, ajena al desenlace que tendría lugar allí arriba.

Recordaba la aparición del regente nórdico y su mirada feroz y determinada. Recordaba la sonrisa torcida en aquel rostro surcado de pinturas y heridas de guerra. Una vida dedicada a la conquista y la masacre, incansable, inconformista, irrebatible.

De la lucha recordaba retazos, momentos en que había estado a punto de derrotarle y momentos en los que había estado próximo a morir. Habían luchado largo rato. Hakkon estaba bien repuesto de sus últimas heridas y embebido de una sed de sangre extraordinaria. Como un berserker, arremetía con furia pero a la vez con destreza, buscando destrozar sus puntos débiles. Al final del enfrentamiento ni siquiera se estaba molestando en esquivar los golpes, los absorbía con el convencimiento pleno de su victoria, pero su adversario tampoco estaba dispuesto a ceder.

Recordaba la sensación de alivio que le había invadido al lograr atravesar al inmenso guerrero con su propia hacha de doble filo y punta de lanza. Casi le había partido al medio al aprovechar el impulso del nórdico para incrustar con elegancia la hoja en su abdomen. Respiró hondo y dio un paso atrás, dejando espacio al gigante para caer de rodillas. Recogió su espada del suelo y se dispuso a decapitarle, cuando el gigante se arrancó el arma del vientre y con un rápido giro le abrió el pecho y la garganta, sacando la hoja por detrás de su oreja izquierda.

Aún así, espada en mano que estaba, hundió la hoja con la fuerza que le quedaba y el peso de su cuerpo en la garganta del bárbaro. Y así se quedó un instante, apoyada la punta ensangrentada de su larga espada en el suelo, tras el cuerpo quebrado del nórdico.

Recordaba haber pensado que su sangre empaparía al hombre que yacía bajo él, rígido como una montaña, bien apuntalado entre la espada inclinada y su cuerpo apoyado sobre el de su enemigo.

Sintió unas manos firmes tirar de él, apartándolo del cadáver del bárbaro. Sabía que había ruido alrededor pero lo recordaba como un oleaje pastoso. Algunos hombres encapuchados, guardianes o miembros del consejo, se movían aceleradamente en torno a él y sintió como le tendían con suavidad en el suelo de piedra, frío, sólido y amigable y sentía la herida abierta y la sangre fluir, encharcarle la garganta y la boca, rebosar entre sus dientes. Ella estaba allí y sentía su rostro muy cerca, podía sentir su respiración en la mejilla. No recordaba las palabras de Ella, pero sí la respuesta satisfecha y definitiva que le había dado. La deuda estaba saldada. Hakkon había caído y sus hombres no tardarían en huir cuando les fuera entregada la cabeza del despiadado regente… todo estaba bien. Por fin una larga vida de batallas, muertes y armas variopintas llegaba a su fin.

Y entonces despertó.

 
 

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